Ayer me metí al mar por primera vez desde que llegué a Barcelona, hace dos semanas. Cuando llegué se abrió un capítulo nuevo en mi vida, pero sentía que no había terminado de cerrar el anterior.

Cuando llego a un lugar desconocido a vivir (sin importar lo bonito que sea), experimento una especie de recelo, como una lealtad a otros lugares en los que he vivido.

Y como es algo que he hecho ya varias veces en mi vida, lo reconozco como un sentimiento inútil. Tienes que aprender a amar la tierra en la que vives, y con la extravagante belleza de Cataluña, será fácil hacerlo. Amar un lugar no implica dejar de amar otro. Tu lugar de nacimiento es como tu madre, y la nueva tierra es tu amante.

Cierro el capítulo anterior, agradecido por todo lo vivido. Abro el capítulo nuevo rezando al universo por intensidad en trabajo y en experiencias.

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